Thursday, December 07, 2006, posted by El Coleccionista at 12:24 PM
Lo había perdido. Nada más salir del cementerio se había chocado con un hombre anciano y, para cuando volvió a buscarle por encima de la gente, ya no le veía. Aquel chico misterioso había desaparecido, otra vez...
No, no iba a rendirse. Algo de ese muchacho le inquietaba y le causaba una preocupante situación de desconfianza... y pensaba averiguar por qué. Decidido y sin saber el motivo, se dejó guiar por su intuición y se encaminó en dirección a la callejuela que se encontraba a tan sólo unos metros.

Lo había despistado. Había aprovechado el choque fortuito del otro chico para tratar de perderle de vista, y lo había logrado. No obstante, algo le decía que su perseguidor no iba a rendirse tan fácilmente, así que aprovechó esos segundos de ventaja tan valiosos que había ganado para tratar de escabullirse. Había girado la primera calle a la derecha pero, para su decepción, se trataba tan sólo de un pasaje que servía únicamente de entrada a un par de fábricas aparentemente abandonadas. No tenía salida y, para colmo, sabía que si volvía sobre sus pasos se arriesgaba a encontrarse frente a frente con el otro chico. La presa se había convertido en cazador y el cazador estaba a punto de ser cazado...
Desesperado, echó un vistazo fugaz a su alrededor. Nada. Las puertas de las fábricas estaban todas cerradas con gruesas cadenas e imponentes candados; las ventanas, cerradas, se hallaban además a demasiada altura como para que un humano las alcanzara un par de tiendas tenían también el cierre echado, imposibilitando el escondite o fuga...
Se le agotaba el tiempo... Apenas un par de rincones en las sombras y una, aparentemente, amplia biblioteca suponían sus únicas opciones...

Familiares y amigos se despedían de Raquel... Pero tres de los asistentes iniciales al entierro ya no se encontraban allí, todos habían abandonado el cementerio al mismo tiempo...

Con los sentidos completamente alerta, Guillermo decidió girar a la derecha, entrando en la calle en la cual creía que encontraría a ese muchacho tan condenadamente inquietante.
- No puede ser... - para asombro del chaval, la calle estaba vacía. No existía posibilidad de huida pero, sin embargo, su objetivo no se encontraba allí. No daba crédito a lo que veía, no podía haberse esfumado y estaba seguro de que, si hubiera seguido andando por la calle anterior, lo habría visto ya que estaba casi vacía.
Abatido y perplejo, observó con detenimiento la calle, contemplando todas y cada una de las opciones de evasión... ¡No existía ninguna! Tan sólo quedaba una opción, que carecía de sentido. Una antigua y, según asemejaba, enorme biblioteca.
Guillermo se acercó a la entrada, aún parcialmente temeroso y, lo que vio, no le ayudó a relajarse, precisamente. El bibliotecario roncaba, durmiendo a pierna suelta; las estanterías, llenas de libros, daban la sensación de que, desde hacía meses, sólo servían para acumular más y más polvo; en las esquinas y estanterías vacías, telarañas y pelusas habían encontrado un paraje perfecto en donde asentarse; y, para colmo, la mitad de las bombillas estaban fundidas y, la otra mitad, apenas alumbraban debido a la suciedad que las recubría...
A pesar de todo, ansiaba encontrar al otro chico y, por ello, con todos sus músculos en absoluta tensión, fue recorriendo, uno por uno, todos aquellos pasillos sumidos en semipenumbra...
A medida que avanzaba, su inquietud iba en aumento, pues sabía que a cada paso que daba reducía las opciones de escondite que podía haber empleado su presa...
Así, lentamente y alerta, atravesó la zona de ficción, la de intriga, la de misterio, la de crímenes y libros policíacos, la de suspense y, por último, la de terror...
- ¡Qué ironía! - pensó Guille, aún atento a todo cuanto había a su alrededor.
Por fin, llegó al último pasillo... ¡Vacío! Increíble pero cierto, también estaba vacío. De pronto, un escalofrío hizo que se le erizase el vello de la nuca... Había sentido una presencia a su espalda y, temeroso a la par que ansioso, se fue dando la vuelta, despacio... Hasta que, por fin, se encontró con su intensa mirada...
 
Saturday, December 02, 2006, posted by El Coleccionista at 4:30 AM
Apenas un par de días después, Guillermo había regresado a la morgue tratando de recavar información, sin resultado. El forense seguía sin revelarle el motivo de la visita de aquel otro misterioso joven y, directamente, había buscado un nombre, un dato, algo en el libro de visitas pero, para su decepción, sólo se encontraban su propia firma y las de los familiares de Javi entre los que habían registrado su visita a su amigo fallecido.


Al cabo de unos días más, mientras unos ojos ambarinos buscaban en el armario un traje oscuro, se escuchaba una lúgubre melodía que el muchacho había considerado apropiada para aquella jornada. Al tiempo que el Réquiem, de Mozart, llegaba a su fin, el muchacho terminaba de prepararse.
Volvió a considerar apropiado, al menos por respeto, no portar ninguno de los objetos que había en el armario del cuarto contiguo. Al igual que consideró y desechó la opción de ir en su coche. Demasiado ostentoso. Además, no creía que fuera a ser necesaria una huida rápida, por lo que tan sólo podría servir para que lograran identificarle a través de la matrícula.


El cielo encapotado. Silencios angustiados. Sollozos. Llantos. Palabras de consuelo. Y una voz, grave, pronunciaba unas palabras en latín. Un adiós, el último adiós. Y, de nuevo, silencio. Uno a uno, los amigos y familiares fueron despidiéndose de su amigo. El último en inclinarse y susurrar unas palabras a su amigo perdido, su hermano, fue Guillermo. Cuando terminó, alzó el rostro, cubierto de lágrimas, triste... pero una sombra junto a un árbol, a un par de decenas de metros, llamó su atención y, al encontrarse con su mirada, ambarina, su inquietud se incrementó. ¿Quién era aquel joven? ¿Qué quería? Y, sobre todo, ¿qué hacía allí, en el funeral de su amigo?
Sin dudar un instante, se despidió de Raquel expresamente y del resto de asistentes en genreal, escudándose en su pena y se encaminó hacia aquel lugar pero, al reparar en que el misterioso chico ya no estaba allí, buscó por todo el cementerio... y lo vió. Al tiempo que el ataúd de su amigo comenzaba a descender a su foso, Guillermo echaba a correr en dirección a la salida del enorme recinto, lugar hacia el que se dirigía aquel extraño ya tan habitual en su vida...


A tan sólo unos metros de distancia, unos húmedos ojos azules se sorprendían al ver a un joven, antes decaído y abatido por el entierro de su inseparable compañero, ahora corría cuanto podía, desprendiendo energía a borbotones por todos y cada uno de sus músculos. Aquello no era normal, y menos en Guille, pensó.


Lo había visto. Aquel muchacho ya se había encontrado con él un par de días atrás, en la morgue, y no cabía duda de que ahora le había reconocido. Coherentemente, no había tardado un segundo y se había encaminado a la salida. Pero le seguían. Había visto a ese chaval echar a correr tras él.
Debía despistarle, no sabía qué quería y era imposible que supiera que él había asesinado a su amigo. No podía arriesgarse a tener que matar al chico. No quería hacerlo. Aún no...