“Aquel amoratamiento postmortem indicaba que un golpe había sido el causante de la muerte de Javier”, había dicho el forense.
Guillermo no paraba de darle vueltas a aquello... No tenía razones para creerlo, pero algo le decía que aquel golpe, fatal para su amigo, no había sido accidental... y estaba decidido a comprobar si su intuición estaba, una vez más, en lo cierto.
Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, un muchacho de corta melena morena se despedía del doctor, disculpándose por haberlo molestado.
El joven había llegado a la morgue un rato antes con las ideas sorprendentemente claras, había pensado el doctor. Había entrado y solicitado ver un cuerpo... Siguiendo el procedimiento rutinario, había preguntado al joven si era familiar del difunto y, ante la negativa del chico, se había visto obligado a denegarle el acceso. A pesar de todo, el muchacho había insistido y finalmente, tras pensarlo con detenimiento mientras escrutaba sus ojos ambarinos, el tipo de la bata y los guantes le había permitido pasar suponiendo que se trataría de un amigo del difunto. La actitud del muchacho daba escalofríos al forense, pues había contemplado el cadáver sin inmutarse en absoluto, sin denotar expresión alguna e, incluso, le había parecido contemplar una media sonrisa de satisfacción al salir de la cámara. Ahora, para alivio del doctor, que comenzaba a sentirse incómodo en su presencia, aquel inquietante chico abandonaba la estancia...
En aquel mismo instante, era Guillermo quien tiraba para abrir la puerta de la morgue. Su mirada se encontró de frente con unos potentes ojos ambarinos. Fue apenas un contacto fugaz. Dejó pasar al otro chaval y, cuando se disponía a entrar, se dió la vuelta para volver a contemplarle. El chico se giró la esquina y desapareció del campo de visión de Guillermo. Sabía que no le conocía, pero tenía la extraña sensación de haberle visto repetidas veces... recientemente.
A pesar de aquella intuición, decidió centrarse en lo que le había llevado allí. Entró al edificio y encontró al doctor, antes imperturbable, con el ceño fruncido en gesto de preocupación.
- Buenas, doctor. Venía a... - algo le dijo que debía averiguar qué pasaba.- ¿Se encuentra bien?
- ¿Eh? ¡Ah! Sí, sí. No te preocupes muchacho...
Aquellas palabras no lograron convencer a Guillermo lo más mínimo.
- ¿Qué quería el chaval que acaba de salir?
- Esa información es confidencial, chico. Ya sabes, burocracia...
- Sí, claro - cedió Guillermo, seguro ya de que aquella visita previa era la causa de la inquietud de aquél hombre. - Creo... Sí, creo que volveré en otro momento - se despidió el chico, percibiendo que no era el instante más apropiado para conseguir lo que quería.
Abandonó la estancia. Hacía ya rato que había anochecido y, sin duda, refrescaba. Se abrochó el abrigo hasta taparse la cara a la altura de la nariz y, metiéndose las manos en los bolsillos, comenzó a caminar en dirección a su casa, con aire despreocupado...