Sunday, November 19, 2006, posted by El Coleccionista at 2:38 PM
Aquel amoratamiento postmortem indicaba que un golpe había sido el causante de la muerte de Javier”, había dicho el forense.
Guillermo no paraba de darle vueltas a aquello... No tenía razones para creerlo, pero algo le decía que aquel golpe, fatal para su amigo, no había sido accidental... y estaba decidido a comprobar si su intuición estaba, una vez más, en lo cierto.

Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, un muchacho de corta melena morena se despedía del doctor, disculpándose por haberlo molestado.
El joven había llegado a la morgue un rato antes con las ideas sorprendentemente claras, había pensado el doctor. Había entrado y solicitado ver un cuerpo... Siguiendo el procedimiento rutinario, había preguntado al joven si era familiar del difunto y, ante la negativa del chico, se había visto obligado a denegarle el acceso. A pesar de todo, el muchacho había insistido y finalmente, tras pensarlo con detenimiento mientras escrutaba sus ojos ambarinos, el tipo de la bata y los guantes le había permitido pasar suponiendo que se trataría de un amigo del difunto. La actitud del muchacho daba escalofríos al forense, pues había contemplado el cadáver sin inmutarse en absoluto, sin denotar expresión alguna e, incluso, le había parecido contemplar una media sonrisa de satisfacción al salir de la cámara. Ahora, para alivio del doctor, que comenzaba a sentirse incómodo en su presencia, aquel inquietante chico abandonaba la estancia...
En aquel mismo instante, era Guillermo quien tiraba para abrir la puerta de la morgue. Su mirada se encontró de frente con unos potentes ojos ambarinos. Fue apenas un contacto fugaz. Dejó pasar al otro chaval y, cuando se disponía a entrar, se dió la vuelta para volver a contemplarle. El chico se giró la esquina y desapareció del campo de visión de Guillermo. Sabía que no le conocía, pero tenía la extraña sensación de haberle visto repetidas veces... recientemente.
A pesar de aquella intuición, decidió centrarse en lo que le había llevado allí. Entró al edificio y encontró al doctor, antes imperturbable, con el ceño fruncido en gesto de preocupación.
- Buenas, doctor. Venía a... - algo le dijo que debía averiguar qué pasaba.- ¿Se encuentra bien?
- ¿Eh? ¡Ah! Sí, sí. No te preocupes muchacho...
Aquellas palabras no lograron convencer a Guillermo lo más mínimo.
- ¿Qué quería el chaval que acaba de salir?
- Esa información es confidencial, chico. Ya sabes, burocracia...
- Sí, claro - cedió Guillermo, seguro ya de que aquella visita previa era la causa de la inquietud de aquél hombre. - Creo... Sí, creo que volveré en otro momento - se despidió el chico, percibiendo que no era el instante más apropiado para conseguir lo que quería.
Abandonó la estancia. Hacía ya rato que había anochecido y, sin duda, refrescaba. Se abrochó el abrigo hasta taparse la cara a la altura de la nariz y, metiéndose las manos en los bolsillos, comenzó a caminar en dirección a su casa, con aire despreocupado...
 
Wednesday, November 15, 2006, posted by El Coleccionista at 12:23 PM
El hombre, de pie en mitad de la calle, tenía la mirada perdida, aún no podía asimilarlo. A tan sólo unos metros, una mujer trataba de desasirse con todas sus fuerzas, aunque en vano, de unos brazos que la retenían mientras lloraba desconsolada...
- No! Mi pequeño... - decía la mujer entre sollozos mientras seguía forcejeando con el joven que la agarraba...
- Raquel, respira, por favor! - dijo Guillermo a Raquel. La noticia le había destrozado, así que no quería ni imaginarse lo que estaba sintiendo Raquel, la madre de Javi.
El inusual ruido de sirenas y bullicio le había despertado aquella mañana y, minutos después había sonado su teléfono. Había decidido acudir inmediatamente al lugar donde le esperaban. Necesitaba verlo...
Un hombre cerraba la cremallera de una bolsa dorada de plástico, cubriendo un rostro sobre el que caía un mechón rubio.
...Necesitaba ver con sus propios ojos que Javi, su amigo, casi su hermano, había muerto.
El forense introdujo el cuerpo inerte del muchacho en el compartimento trasero del vehículo y, entonces, Raquel cesó en sus desesperados intentos de zafarse de los brazos del muchacho. Sencillamente, se derrumbó; poco a poco fue poniéndose de rodillas... y lloró.
Guillermo no encontraba palabras para consolarla, no creía que nada que dijera pudiera calmar su dolor pero, sobre todo, él mismo deseaba llorar, gritar, huir... Pero no se movió, permaneció allí, sumido en un lúgubre silencio, sin querer permanecer más tiempo tan cerca del lugar en que habían hallado el cadáver de su amigo, pero sabía que no podía dejar sola a Raquel, hundida, y no podía contar con que el padre de su ya difunto amigo se ocupara de calmar su pesar ya que el hombre, habitualmente tan activo y lleno de vida, seguía igual, de pie, en mitad de la calle. No lloraba, ni sollozaba; su rostro conservaba aquella expresión seria, sin denotar emoción alguna, pero sus ojos expresaban una honda tristeza y la mirada,perdida y desenfocada. Cualquiera que lo hubiera visto en aquel momento habría pensado que a ese hombre no le importaba en absoluto la vida de su hijo, pero Guillermo, que le conocía desde hacía años, sabía que aquello no era cierto. Sí, su rostro no denotaba sentimiento alguno, pero sus hombros caídos y sus ojos desenfocados indicaban que aquel hombre nunca había sufrido tanto en su vida y que, probablemente, no lograría superarlo.
Finalmente, y con mucho esfuerzo, Guillermo logró que el matrimonio regresara a su casa. Permaneció con ellos, en silencio, nadie sabía que decir; de hecho, nadie se encontraba con ganas de hablar pues, dijeran lo que dijeran, ninguno se iba a sentir mejor, pues el gélido llanto de la muerte aún vibraba en sus corazones...
Apenas una hora después, comenzaron a llegar los primeros parientes de Javi. Los tíos y la tía del muchacho, es decir, los hermanos de Raquel. Guillermo los había conocido un par de años atrás, durante el mes que pasó en su casa de la playa. Sabía que eran atentos y cariñosos, así que supuso que cuidarían bien de ambos, por lo que, sin que nadie se percatase, cogió su jersey y se marchó...
Anduvo un rato deambulando en silencio por las múltiples callejuelas que formaban el anillo externo de la ciudad, sin rumbo fijo, hasta que llegó a un jardín, desierto. Se sentó en un banco... y lloró.


Apenas había podido dormir aquella noche, a pesar del sueño y el cansancio. Pasó el día revisando carpetas, archivadores, documentos y recortes de prensa hasta que, tras cenar algo cuando comenzaba a anochecer, volvió a acostarse.
No había amanecido todavía cuando un golpe en la puerta lo despertó. El periódico, puntual como siempre. No solía despertarse con ese ruido, pero aquella mañana esperaba encontrar una noticia crucial.
Así que, sin demorarse demasiado, se puso tan sólo unos pantalones, pusó en marcha el equipo de música y comenzó a sonar la Novena Sinfonía de Beethoven, encendió la cafetera y salió a la puerta. Cogió el periódico y, tras dejarlo sobre la mesa de cristal de la cocina, fue al baño a lavarse un poco la cara...
Se sirvió una taza de espumoso capuccino y comenzó a hojear el periódico. Leyó, uno a uno, cada titular. Guerras, disputas políticas, catástrofes naturales, logros deportivos, detenciones... y la encontró.
La noticia rezaba:

  • Joven local es hallado muerto a escasas manzanas de su casa. Aparentemente, no sufría heridas externas ni señales de violencia. La familia, destrozada, ha preferido no hacer comentarios acerca de la muerte del muchacho. Tras la autopsia, se ha determinado que la causa de la muerte fue la rotura del bazo, que pudo deberse a un aumento de presión en la zona abdominal o a un fuerte traumatismo.

A la derecha del artículo, podía contemplarse una imagen cedida por la familia. El muchacho de la foto era rubio, de unos 18 años de edad.
Sonrió, no era alegría lo que expresaba aquella hilera de dientes blancos como la nieve. Lo que aquella sonrisa denotaba era la satisfacción de quien sabía haber cumplido su misión a la perfección...

 
Tuesday, November 14, 2006, posted by El Coleccionista at 1:58 PM
El sol apenas comenzaba a clarear en el horizonte y un rayo de luz se reflejó en su rostro. Lentamente, abrió sus parpados, dejando entrever sus ojos ambarinos.
Instantes después, se encontraba en la cocina, encendiendo la cafetera. Se acercó al equipo de música y lo puso en marcha, desatando toda la belleza que la Primavera de Vivaldi expresaba. Se acercó al armario, descolgó unos vaqueros y una chaqueta y, tras coger también una camiseta negra del cajón, se dirigió al cuarto de baño y entró en la ducha.
Minutos más tarde, terminaba de secarse y se vestía y calzaba, dejando aún su melena morena por encima de los hombros. Se sirvió una taza de humeante y aromático café y se dirigió al cuarto contiguo. Tras largo rato contemplando la multitud de destellos negros, plateados y metálicos que desprendían los objetos del interior del armario, decidió que hoy no necesitaría nada de aquello.
Había pasado una hora desde que había despertado y se disponía a marcharse. Tomó sus llaves y, al tiempo que cerraba la puerta con un suave chasquido, subía la cremallera de su chaqueta beige sobre su camiseta negra y se encaminaba a la calle.


Al mismo tiempo, unos kilómetros al sur, dos jóvenes se saludaban efusivamente, entre risas. ¿Su plan? Centro comercial, bolos, risas y comida rápida.
Horas después, tras finalizar unas cuantas partidas de bolos, se dirigían charlando animadamente, entrando a echar un vistazo en algunas tiendas de moda juvenil, camino de una pizzería... El centro comercial estaba a rebosar, tanto que les era imposible mantener una conversación mientras caminaban esquivando, como podían, a la gente que se pisaba, empujaba y golpeaba. De pronto, el muchacho rubio recibió un golpe un tanto más fuerte de lo normal, justo por debajo de la zona del hígado. Se dio la vuelta para recriminárselo a quienquiera que hubiera sido el causante pero, al hacerlo, se encontró directamente con unos ojos ambarinos que le miraban fijamente y, sin saber por qué, supo que debía dejarlo correr...
Decidió no comentar el percance con su compañero que, en estos momentos, se encontraba a su lado mordiendo la pizza de pepperoni de un modo un tanto salvaje.
- Oh! Por Dios, cierra la boca, pareces un camello!
- ¿Qué pasa? Hoy te molesta todo! Además, tú estás hablando con la boca llena, así que no me hables de modales! - rió mientras le propinaba una amistosa palmada en el hombro.
- Ah! - se quejó.
- ¿Qué? No te he dado tan fuerte!
- No, ha sido... Bah! Déjalo! -dijo llevándose la mano inconscientemente a la zona donde había recibido el golpe.- Venga, yo me tengo que ir ya o no volveré a salir en semanas...
Los dos muchachos se levantaron, abandonaron la pizzería y, tras salir del bullicioso centro comercial, pidieron un taxi.
Apenas media hora más tarde, uno de los muchachos se bajaba del taxi al tiempo que preguntaba:
- ¿Cuánto le debemos?
- Treinta - fue toda la respuesta del taxista.
- Mierda! - exclamó el joven que aún permanecía en el vehículo. - Sólo tengo 15... Pues nada, creo que yo también me bajo aquí y daré un paseo de veinte minutos hasta mi casa...
- C'est la vie! - fue la respuesta entre risas de su amigo.
El muchacho rubio agarró la cartera con una mano y con la otra, cogió la mano de su amigo, que le ayudó a salir del taxi de un tirón. Sintió una punzada en el costado, pero esta vez no se quejó.
Pagaron la mitad del importe cada uno, como siempre, y, tras un cálido apretón de manos, uno se dirigió a la puerta de su casa mientras el otro comenzaba a caminar al tiempo que se retiraba los mechones de pelo rubio que el viento le echaba sobre los ojos...


Era de noche. Guillermo ya dormía cuando su móvil sonó de repente. Reconoció el número en seguida, la casa de Javi.
- ¿Qué tripa se le habrá roto al rubiales a estas horas? - finalmente, contestó, aún un poco adormilado. - Soy Guille. ¿Qué quieres? ¿No ves que no son horas de...? - pero algo lo interrumpió. La voz al otro lado de la línea no era la de Javi, era la de una mujer, concretamente, la de la madre de Javier.
- Hola Guillermo, siento molestarte a estas horas. ¿Está Javi contigo?
- Ehhh... no.
- Oh, ya veo... Pensé que habriaís salido de fiesta, se os habría hecho tarde y Javi habría decidido pasar la noche en tu casa... ¿Y no sabes dónde está? - la voz de la mujer sonaba cada vez más preocupada, así que Guillermo decidió quitarle hierro al asunto:
- Volvimos pronto, se ducharía y saldría a tomar algo con los compañeros de facultad, ya le conoces...
- Sí, seguramente... - parecía más calmada.- Siento haberte molestado, Guillermo. Ya sabes, neuras de madres. Que descanses, cielo.
- Hasta mañana - se despidió el muchacho.
Se dio la vuelta, tratando de volver a conciliar el sueño... No tenía la más remota idea del paradero de Javi, pero si no le había dicho nada, seguro que había alguna muchacha de por medio.
Mañana le recriminaría no habérselo contado y le haría darle hasta el más mínimo detalle; vaya si lo haría...